UN HÍGADO AL DESCUBIERTO: TESTIMONIO DE UN AFECTADO PREFERENTES

15/10/20120 Comments

Un hígado al descubierto: Eduardo necesita sus ahorros para tratar de salvar la vida, pero el banco que le metió en las preferentes no le devuelve el dinero

A lo mejor no tiene solución el hígado arrasado de Eduardo. A lo mejor no hay aldabón al que llamar con su carcinoma hepático. Pero a la familia le gustaría poder intentarlo. Y viajar ala Clínica Universitariade Navarra. Y gastar hasta el último céntimo en el último avance. Y echar el resto en la ruleta de la ciencia, a ver si sale el rojo impar. El castillo de naipes del párrafo anterior se desmorona antes de que acabemos éste. Porque todo el dinero que no ven está encerrado en un castillo.

Es el dragón de las preferentes: Eduardo -con estudios primarios- firmó lo que le pusieron delante desde 2006, suscribió estas participaciones de alto riesgo y hoy el BBVA tiene congelados sus 130.000 euros. Sucede que querría intentar a la desesperada un tratamiento privado, y que el banco ahora como mucho les ofrece un préstamo, otro más. Eduardo ya pesa la mitad: en casa el paso del tiempo es un incendio.

«Necesitamos su dinero. Es suyo. El que ahorró toda su vida. Queremos que vaya a la clínica de Navarra», nos cuenta Julia Bonilla, su mujer. «Me lo llevaría hasta el mismísimo Senegal si allí hubiera una esperanza».

«Entre el negocio, que iba mal por la crisis, su estado de salud y el estrés, se jubiló de la empresa de juegos recreativos hace año y medio», recuerda Julia, empleada de la agencia tributaria. «Un día se acercó al banco de toda la vida, una sucursal que le conocía desde hacía 40 años, y se enteró de lo que habían hecho con sus ahorros. Imagínate, todo lo que tenía era como si no existiera… ¿Sabes? Eduardo llegó a dejarles dinero en alguna ocasión a los de la sucursal para cuadrar la caja a fin de mes».

El leal empleado del banco le había metido 90.000 euros en participaciones preferentes de Repsol. El mismo fiel empleado del banco le endosó otros 40.000 en Eroski. Hizo lo propio con otros 8.000 euros de la hija. Y le dijo al cliente que todo aquello, que toda aquella pifia de tiburón sin dientes, la había firmado él.

- Quiero mi dinero.

- Mira, Eduardo, ese dinero ya no vale ni el 20% de lo que valía. Tú sabías lo que firmaste…

«Así nos lo dijeron. Que nosotros sabíamos. Nosotros qué íbamos a saber… El banco de toda la vida le engañó con las preferentes. Y ahora no puede disponer de ese dinero para su mayor necesidad: sobrevivir… Te roban y se ríen de uno. Somos gente desesperada y lo saben. Se lo he dicho a ellos: cualquier día podemos hacer una barbaridad».

Para Eduardo, todo fue uno: descubrir lo del dinero y agarrarse una depresión. Nunca había necesitado nada para mantenerse de pie en la cubierta cuando vinieron las olas. Pero esta vez fue distinto. Se le vio bajar la cabeza por primera vez, como claudicando, cadencioso en el mirar, parco en el decir. Desde entonces pasa que a veces Eduardo no está.

Está historia termina con una botella con mensaje dentro lanzada a la desesperada por la familia en change.org, con Eduardo en silla de ruedas, un fuelle gastado crepitándole por dentro, un internamiento reciente en el Hospital Gómez Ulla, una encefalopatía y estos nuevos sueños de la clínica privada…

Ya saben. Eso de viajar ala Clínica Universitariade Navarra. Y gastar hasta el último céntimo en el último avance. Y echar el resto en la ruleta de la ciencia, a ver si sale el rojo impar.

El banco contesta que lo está mirando. Desde hace 25 días lo está mirando. Una y otra vez. De un lado y del otro lo mira. A lo peor, en un par de semanas, ya no tendrá nada más que mirar.

Esta noticia ha sido publicada por el diario El Mundo, 15/10/2012

 

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